El especialista en Neurofisiología Clínica del Hospital Universitario de La Princesa de Madrid, el doctor Francisco Martínez Pérez, ha señalado que durante los primeros días tras vivir experiencias como la del accidente ferroviario que se ha producido en Urda (Toledo) "pueden aparecer miedo, llanto, irritabilidad, imágenes intrusivas, dificultades de concentración o problemas de sueño sin que eso signifique necesariamente que se vaya a desarrollar un trastorno por estrés postraumático". "La intensidad, la evolución y la repercusión en la vida cotidiana son más importantes que un síntoma aislado", ha indicado a Europa Press, al tiempo que ha alertado de que "conviene solicitar ayuda profesional antes de que transcurra un mes si el malestar es muy intenso, empeora, impide dormir o realizar actividades básicas, provoca una evitación importante o dificulta el funcionamiento habitual". Al hilo, ha manifestado que también es necesario recibir asistencia "si hay episodios de desconexión marcados, consumo creciente de alcohol o fármacos para soportar los síntomas, o una sensación persistente de desesperanza". "Ante ideas de suicidio o riesgo inmediato, la atención debe ser urgente", ha subrayado, para añadir que el trastorno por estrés agudo "puede diagnosticarse entre los tres días y el mes posterior al acontecimiento, si se cumplen sus criterios". Tras sostener que "no hay que esperar a cumplir un plazo diagnóstico para pedir ayuda", Martínez Pérez ha explicado que "los tratamientos psicológicos centrados en el trauma, como determinadas modalidades de terapia cognitivo-conductual, cuentan con respaldo científico cuando están indicados". Junto a ello, ha recordado que el hecho de que se haya superado la fase de peligro después de, en este caso, la colisión y la posterior evacuación del tren, "no significa que el cerebro lo perciba inmediatamente como algo pasado". "Después de una experiencia traumática pueden persistir una mayor vigilancia del entorno, una sensibilidad excesiva a los estímulos y una tendencia a interpretar determinadas señales como posibles amenazas", ha declarado, al tiempo que ha afirmado que en términos neurofisiológicos, se produce "una regulación alterada de los circuitos de alerta y de las respuestas autonómicas". "El organismo puede reaccionar ante un frenazo, una vibración o un sonido parecido al del accidente aunque la persona se encuentre objetivamente a salvo", circunstancias ante las que "no es que esté eligiendo mantenerse en tensión", sino que "la respuesta puede aparecer de forma involuntaria", ha continuado, para sostener que "en muchas personas, esta activación disminuye progresivamente con el descanso, la sensación de seguridad y el apoyo de su entorno". "En otras, especialmente si los síntomas son intensos o persistentes, puede ser necesario un tratamiento específico", ya que "no hay un plazo idéntico para todos", ha expuesto. AFECTACIÓN DEL SUEÑO La afectación del sueño también ha sido abordada, al apuntar que "después de un accidente grave, puede resultar difícil conciliar" el mismo y "aparecen despertares frecuentes", y es que "el cansancio no siempre basta para contrarrestar ese estado de alerta". "Las pesadillas pueden incorporar escenas del accidente o reproducir emociones relacionadas con él", ha ahondado, para agregar que "el sueño REM, durante el que se producen muchos de los sueños más elaborados, participa en procesos relacionados con la memoria y la regulación emocional, pero no estaría ajustado a la realidad afirmar que las pesadillas se explican exclusivamente por una alteración de esta fase". Así, "el sueño depende de una interacción compleja entre redes cerebrales, ritmos biológicos y mecanismos de activación", por lo que "en estos casos, lo prioritario suele ser una valoración clínica del sueño y del impacto emocional", ha asegurado. "No es necesario realizar un electroencefalograma o una polisomnografía de forma rutinaria por haber sufrido un trauma", las cuales "se reservan para cuando existen otras sospechas clínicas", ha explicado. Una vez experimentada una vivencia como las de Adamuz (Córdoba) y Urda, también pueden producirse distorsiones en la memoria, y temblores, palpitaciones y sobresaltos. En el primer caso, ha declarado que "en situaciones de estrés extremo, la atención puede estrecharse y centrarse en algunos detalles, mientras otros apenas llegan a codificarse", por lo que "pueden conservarse recuerdos muy vívidos, como un ruido o una imagen, junto a vacíos sobre la secuencia de los hechos". "El hipocampo participa en la organización de los recuerdos y en su contexto temporal, y su funcionamiento puede verse afectado por una respuesta intensa al estrés", además de que "algunas personas experimentan síntomas disociativos, como una sensación de irrealidad o de desconexión de lo que está ocurriendo", ha argumentado, para añadir que ello "puede contribuir a que el recuerdo posterior resulte fragmentado, aunque no sucede en todos los casos". "Hay que ser cautos en estos casos, puesto que tras un accidente de esta gravedad, una pérdida de memoria también puede deberse a un traumatismo craneoencefálico, una conmoción cerebral, medicamentos u otras causas médicas", ha afirmado. TEMBLORES, SUDORACIÓN Y TENSIÓN MUSCULAR Por su parte, síntomas como los temblores "son manifestaciones frecuentes de la activación de los sistemas de defensa del organismo", dado que la descarga adrenérgica puede producir también "sudoración y tensión muscular". "Al mismo tiempo, los circuitos que regulan la vigilancia y las respuestas de sobresalto pueden permanecer especialmente sensibles a ruidos, movimientos inesperados o estímulos que recuerdan lo vivido", ha expuesto. "El sistema nervioso autónomo regula continuamente funciones que no controlamos de forma voluntaria, como la frecuencia cardiaca o buena parte de las respuestas vasculares" y, aunque "en circunstancias normales, su actividad se ajusta a las necesidades del momento", después de una amenaza intensa, "ese ajuste puede tardar en recuperar su equilibrio habitual", ha manifestado el experto, que advierte, no obstante, de que "no conviene interpretar cualquier síntoma físico como ansiedad". "Si aparecen dolor torácico, dificultad respiratoria importante, desmayos o palpitaciones persistentes, es necesario descartar causas médicas, especialmente en alguien que ha sufrido lesiones", ha explicado. Martínez Pérez también se ha referido al momento del accidente, cuando el cerebro "pasa a detectar la amenaza y favorecer una respuesta que permita sobrevivir", proceso en el que "intervienen distintas estructuras cerebrales, entre ellas, la amígdala, que participa en la detección de amenazas, el hipotálamo y circuitos del tronco del encéfalo". Así, "se activa el sistema nervioso autónomo, especialmente su componente simpático, y se liberan sustancias como la adrenalina y la noradrenalina", mientras que "el corazón puede acelerarse, cambia la respiración, aumenta la tensión muscular y la atención se concentra en aquello que parece más peligroso", ha apuntado. "También se pone en marcha una respuesta hormonal al estrés, mediada por el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, cuya evolución es algo más lenta", ha proseguido, aunque ha recordado que la rapidez y la intensidad de los acontecimientos pueden superar la capacidad de comprender lo que está sucediendo. Por último, ha recordado que "algunas personas quedan inmóviles", situación que "implica circuitos que conectan regiones cerebrales relacionadas con la amenaza con estructuras del tronco del encéfalo, como la sustancia gris periacueductal"; y ha analizado la posibilidad de rechazo a volver a viajar en tren. "Hay que distinguir entre darle tiempo para recuperarse y dejar que la evitación se consolide durante meses", ha finalizado.
El especialista en Neurofisiología Clínica del Hospital Universitario de La Princesa de Madrid, el doctor Francisco Mart





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