Desde hace aproximadamente 20 años —lo que ha pasado entre el inicio del Universo Cinematográfico Marvel y la “profesionalización” de los superhéroes con títulos como El caballero oscuro o Watchmen — , las películas han estado divididas en básicamente dos líneas. No, no nos referimos a Marvel y DC , las dos mayores editoriales de superhéroes, sino a dos formas de entender este subgénero que concentra algunos de los títulos más vistos de este siglo. La primera categoría, que es la que ha terminado haciéndose fuerte, aunque también la que da más signos de agotamiento, es la que aglutina películas caracterizadas no solo por su espectacularidad, sino también por un marcado humor y una infantilización generalizada de la violencia y otros temas profundos. Ahí se encuentra la mayor parte de las películas de Marvel, con Guardianes de la Galaxia como su mayor ejemplo, pero también con otras que se han desarrollado de forma paralela a Marvel, como las de Spider-Man —bajo el sello Sony — o incluso con títulos ajenos a Marvel como Kick-Ass . Sin embargo, con el éxito de El caballero oscuro se prendió la mecha de otra oleada, la de películas que buscaban lo épico, lo serio, lo oscuro muchas veces, y que renunciaban a un humor recurrente en pos de una solemnidad que poco a poco fue resultando cada vez más ridícula e impostada para la sociedad descreída y atada al meme que habita desde hace años en internet. A la trilogía de Nolan le sucedió con menos éxito la saga de Superman y Batman vs Superman de Zack Snyder , mientras los X-Men hacían lo propio en su universo con Primera clase y Días del futuro pasado. Un eterno Halloween Con los años surgió una tercera vía, que buscaba llevar las películas de superhéroes a un nuevo nivel renunciando por completo a sus códigos tradicionales y estableciendo el punto de vista del villano o antihéroe, ya fuera desde el humor (El escuadrón suicida ) o desde la oscuridad , con el éxito de Joker en 2019 —y sus recurrentes comparaciones con el cine de Scorsese— como el ejemplo más claro. A escasos meses del estreno de Vengadores: Doomsday , la película que puede decidir el futuro del género o enterrarlo casi definitivamente, DC ha decidido apostar por una película que, como la naturaleza de su protagonista, toma cosas de aquí y allá y, sin embargo, no termina de ser ninguna de ellas. Y esa película es Clayface . Ambientada en la icónica Gotham de Batman, pero sin mención alguna al justiciero enmascarado —se supone que pertenece al mismo universo que Superman y Supergirl , pero no así al Batman de Robert Pattinson—, la película se centra en la figura de Matt Hagen . Criado en un barrio marginal y sufriendo abusos de su padre —una parte del personaje que quedó cortada en montaje, aunque regaló el cameo de Aaron Paul—, Hagen es un actor en alza que recibe una nominación al Oscar y se cree en la cima del mundo. Sin embargo, una mala decisión lo lleva a ser emboscado por un grupo de mafiosos que le desfiguran la cara. De la noche a la mañana su sueño se desvanece y todo su entorno lo deja de lado, hasta que ve la única oportunidad de recuperar su vida en el experimental proyecto de la doctora Corr ( Naomie Ackie ): consiste en inyectarle una serie de nanocélulas autoregenerativas en los tejidos dañados y así “reconstruir” su cara original. Sin embargo, poco a poco el tratamiento va dando señas de ser más perjudicial de lo aparente. Clayface no solo elimina a Batman de la ecuación, sino que también se desmarca desde el primer momento del manido género superheroico. Su director, James Watkins, lleva cultivando el género de terror desde que saltase con la escalofriante Eden Lake , en la que una pareja se veía acorralada por un grupo de jóvenes sin escrúpulos. Aquí se centra en el llamado body horror, con referentes como La mosca de David Cronenberg o Un hombre lobo americano en París , sin olvidar el cine de Brian Yuzna ( Society, La novia de Re-Animator) en sus secuencias más delirantes. Es decir, estamos ante una película eminentemente de terror, y más en concreto del llamado body horror, el subgénero donde el miedo surge precisamente de las mutilaciones o transformaciones físicas, como las que va sufriendo aquí Hagen en su descenso a la locura. Gotham en los tiempos de ‘Obsession’ Del mismo modo que sucedía con La sustancia , Clayface no es la película más sutil del mundo, pero sí consigue ir haciendo su discurso más y más perturbador. Un poco como su referente más directo, Obsession , la película te pone en la piel de un personaje hasta cierto punto tierno e inocente —quizá demasiado remarcado en esos insertos de entrevistas de Hagen— que se “obsesiona” tanto con la idea de fama como con el vínculo que desarrolla con su doctora. Ese sentimiento de frustración y amor no correspondido llevará a Matt a convertirse poco a poco en Clayface, quien en los cómics originales de Batman era en realidad un actor caído en desgracia que iba asesinando a los miembros de una obra al más puro estilo El fantasma de la ópera . La película brilla más cuando abraza su locura, como en esa secuencia en la discoteca que podría recordar a Brian de Palma por su juego con la perspectiva —aquí reforzado por el superpoder de Clayface—, que cuando intenta ser un drama sobre la inherentemente trágica condición de su protagonista. Watkins tiene problemas cuando se sale del body horror y tanto en su trama amorosa como en la de investigación detectivesca se notan demasiado el artificio y la impostura. En definitiva, es una fantástica película cuando se olvida de que pertenece al universo al que pertenece y se derrite cuando intenta dar una dimensión mayor a su personaje, pero desde luego demuestra que hay esperanza para seguir trabajando y que hay cine mucho más allá de los superhéroes, pues si hay un género que nunca se agota, ese es el terror.
Desde hace aproximadamente 20 años —lo que ha pasado entre el inicio del Universo Cinematográfico Marvel y la “profesion





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