La historia política de Catamarca durante las últimas cuatro décadas permite identificar una paradoja recurrente: gobiernos nacionales que llegaron al poder prometiendo transformaciones profundas terminaron estableciendo acuerdos con las mismas estructuras provinciales que, al menos en el discurso, se proponían superar. Tres momentos históricos permiten ilustrar esta contradicción. La primera oportunidad se presentó con el retorno de la democracia en 1983. Raúl Alfonsín encarnaba una esperanza de renovación institucional y política después de los años oscuros de la dictadura. En Catamarca, esa expectativa podía representar también una oportunidad para superar un sistema de poder caracterizado por el predominio de estructuras familiares y prácticas políticas tradicionales. Sin embargo, las necesidades parlamentarias del gobierno radical y la importancia del senador Vicente Saadi en el Congreso condicionaron aquella posibilidad. La lógica de la gobernabilidad nacional terminó prevaleciendo sobre las aspiraciones de transformación provincial. A muchos radicales les quedó un amargo gusto a decepción (“traición”, puede ser un exceso). La segunda oportunidad llegó con Mauricio Macri y Cambiemos. Nuevamente, un proyecto nacional que proponía modernización institucional, transparencia y alternancia política, despertaba expectativas de cambio en Catamarca. Pero el gobierno nacional comenzó a considerar a Raúl Jalil, en aquel tiempo intendente de la capital, como un potencial aliado. Según expresiones atribuidas a funcionarios de aquella administración, Jalil podía convertirse en «el atajo para ganar Catamarca». Aquella apuesta nunca se concretó electoralmente. Los entonces armadores de Cambiemos “se comieron la curva”. Sin embargo, el acercamiento político y el respaldo financiero al gobierno provincial y a la administración municipal contribuyeron, desde mi interpretación, a fortalecer a quien posteriormente se convertiría en gobernador. La posibilidad de construir una alternativa política terminó subordinada a una estrategia de conveniencia nacional. La tercera oportunidad aparece con Javier Milei. Su irrupción política estuvo acompañada de un discurso particularmente contundente contra las castas, los privilegios y las estructuras tradicionales del poder. Sin embargo, nuevamente se plantea en Catamarca una contradicción entre el discurso transformador y las necesidades de la política nacional. Los votos legislativos, las negociaciones presupuestarias y los intereses económicos, especialmente los vinculados con la actividad minera, configuran un escenario en el que el gobierno nacional encuentra razones para entenderse con el oficialismo provincial. Ya no importa cohabitar con la casta de un régimen hegemónico, profundamente estatista y poco transparente. La lucha por “la libertad” queda para otro momento, en el mismo cajón en que se guardaron tantas promesas y expectativas. No se trata de desconocer que cualquier presidente necesita construir acuerdos para gobernar. Tampoco de negar la legitimidad de las negociaciones entre la Nación y las provincias. La cuestión es otra: ¿qué sucede cuando esos acuerdos terminan debilitando las posibilidades de renovación política que los propios gobiernos nacionales prometieron impulsar? Alfonsín, Macri y Milei representan proyectos políticos profundamente diferentes. Sin embargo, desde la perspectiva catamarqueña, sus relaciones con el poder provincial permiten reconocer una inquietante continuidad, dando oxígeno a un régimen popularmente caracterizado como “feudal”. La pregunta que queda abierta es si Catamarca está condenada a ser moneda de cambio y a contemplar cómo cada nueva esperanza de transformación termina subordinada a las necesidades circunstanciales del poder central. El problema no es solamente que las estructuras políticas provinciales consigan perpetuarse, es también que quienes llegan desde la Nación prometiendo cambiarlas encuentren, una y otra vez, razones para pactar con ellas. Y así, mientras cambian los presidentes y los discursos, Catamarca sigue esperando una oportunidad que no llega.
La historia política de Catamarca durante las últimas cuatro décadas permite identificar una paradoja recurrente: gobier



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