La niña tenía los brazos rígidos, el cuerpo extremadamente delgado y la mirada perdida . No hablaba, apenas podía caminar y llevaba una prenda que parecía un pañal de tela. Cuando la trabajadora social Jeanne Butler la vio entrar en la oficina de asistencia pública de California, supo que estaba frente a una situación extraordinaria que exigía una intervención urgente. La mujer que la acompañaba, Dorothy Irene Oglesby , era su madre y fue quien reveló que la pequeña tenía 13 años y los horrores que había padecido. Aunque su nombre era Susan Wiley , el mundo conoció su historia bajo el nombre ficticio de Genie . Durante casi doce años vivió encerrada en una habitación, atada durante horas a una silla-orinal y privada de todo contacto humano, educación y lenguaje. Fue su propio padre quien impuso un régimen de silencio absoluto dentro de la casa y la castigaba ante cualquier intento de emitir sonidos. Esos años de violencia y abandono dejaron consecuencias devastadoras en su desarrollo físico, emocional y cognitivo. El 4 de noviembre de 1970, su madre decidió rescatarla y escapar con la niña . Su caso despertó el interés de médicos, psicólogos y lingüistas, que encontraron en su historia un caso excepcional para estudiar los límites de la adquisición del lenguaje. Pero detrás de las preguntas científicas había una adolescente que necesitaba algo mucho más urgente: recuperar la posibilidad de vivir como una persona. Crecer en silencio Susan Wiley nació el 18 de abril de 1957 en Arcadia, California. Era la hija menor de Clark y Dorothy Wiley , una pareja cuya vida familiar estuvo marcada por la violencia y el control del padre. Clark era un hombre autoritario, obsesionado con el silencio y convencido de que cualquier ruido dentro de su casa resultaba intolerable. La muerte de su madre en un accidente de tránsito agravó su comportamiento, que con el tiempo el hombre se volvió cada vez más dominante y agresivo. Cuando Genie tenía alrededor de 20 meses, un médico detectó problemas en su desarrollo físico, entre ellos una alteración en la cadera . Luego del escape, su madre contó que su esposo interpretó esa anomalía como una señal de que la niña tenía alguna discapacidad y temía que el servicio social se la quitaran. Pero, en lugar de cuidarla y darle tratamiento médico optó por aislarla del mundo y encerrarla en una habitación dentro de la vivienda familiar. El cuarto era pequeño, oscuro y tenía muy pocos estímulos visuales y auditivos. Durante el día, la niña permanecía atada en una silla adaptada para sus necesidades fisiológicas . Por las noches, su padre la sacaba de allí para hacerla dormir en una especie de cuna cubierta con una estructura de malla metálica que limitaba sus movimientos. También la ataba para impedir que se desplazara y la castigaba cuando intentaba llorar, gritar o emitir algún sonido. En ese contexto de desamparo, la alimentación también era insuficiente y apenas le daba comida de bebé u otras opciones infantiles como papillas líquidas, cereales para bebés de la marca Pablum, leche y, de manera muy ocasional, huevos duros picados o purés. Nunca había comido algo sólido . Su madre, que estaba prácticamente ciega, intentaba atenderla a escondidas cuando le era posible, porque también vivía bajo el sometimiento y temor constante de la violencia de su esposo. Este aislamiento extremo le impidió a Genie desarrollar el lenguaje, aprender a caminar con normalidad, relacionarse con otras personas y adquirir la autonomía y habilidades propias de su edad. Esta trágica dinámica familiar ya arrastraba antecedentes trágicos con otros hijos: una bebé que murió a los pocos meses de vida y otro que murió durante el parto, aunque ninguno de estos episodios derivó en responsabilidades penales. Bajo ese entorno hostil, Genie pasó casi trece años privada de su infancia, oculta del mundo por un padre que logró camuflar el maltrato en absoluto secreto . La confusión de la madre y la casualidad que la salvó Aquel 4 de noviembre de 1970, Dorothy decidió abandonar definitivamente el hogar junto a Genie. Logró salir de la casa con la intención de buscar asistencia pública para ella, desorientada por su falta de visión, entró por error a una oficina de servicio social. La niña, que estaba con ella, llamó de inmediato la atención de los trabajadores sociales por su apariencia: tenía un cuerpo extremadamente delgado, caminaba con dificultad y apenas se comunicaba. Cuando la madre les dijo su edad, comprendieron la gravedad de la situación. Por orden judicial, Genie fue retirada de su hogar e ingresó ese mismo día en el Children’s Hospital de Los Ángeles . Medía apenas 1,38 metros y pesaba solo 26 kilos . Su estado físico evidenciaba las secuelas directas de más de una década de encierro, desnutrición severa y una falta absoluta de movimiento. Los primeros exámenes médicos y psicológicos revelaron un cuadro alarmante. Genie no había desarrollado un lenguaje funcional, tenía enormes dificultades para mantenerse erguida y era incapaz de masticar alimentos sólidos . Tampoco controlaba sus esfínteres. El caso derivó en un proceso judicial. Clark Wiley fue acusado formalmente de maltrato infantil, pero se suicidó antes de que comenzara el juicio . Dorothy también quedó bajo investigación, aunque los cargos en su contra fueron finalmente desestimados. Su situación despertó profundos interrogantes sobre el papel que desempeñó durante los años de encierro y el grado de terror psicológico que su esposo ejerció sobre toda la familia. Desde ese momento, Genie comenzó una nueva etapa rodeada de médicos, psicólogos, educadores y trabajadores sociales. Por primera vez en su vida tuvo acceso a juguetes, libros y personas que intentaban enseñarle a relacionarse con el mundo . Sin embargo, su historia ya había despertado un interés que excedía la asistencia médica. Para la comunidad científica, la niña significaba una oportunidad única para estudiar los límites del desarrollo humano y la posibilidad de adquirir el lenguaje después de una infancia en completo aislamiento. El experimento científico y la disputa por Genie En 1971, el el Hospital Infantil de Los Ángeles consiguió financiamiento del National Institute of Mental Health (Instituto Nacional de Salud Mental) para investigar las consecuencias del aislamiento extremo. El psicólogo David Rigler dirigió el programa, que reunió a especialistas vinculados con la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), entre ellos los lingüistas Victoria Fromkin, Susan Curtiss y Stephen Krashen. Desde entonces, documentaron los avances de Genie por medio de evaluaciones, pruebas lingüísticas, fotografías y filmaciones. Los progresos iniciales fueron importantes . Genie comenzó a incorporar palabras, reconocer objetos y expresar necesidades. También utilizaba gestos para comunicarse y mostraba avances en la comprensión de su entorno. Susan Curtiss estudió especialmente su evolución lingüística y observó que podía ampliar su vocabulario y combinar algunas palabras, pero tenía dificultades para construir oraciones complejas y dominar las reglas gramaticales. En 1974, el equipo publicó dos investigaciones sobre esos años de estudios: El desarrollo del lenguaje en Genie: un caso de adquisición del lenguaje más allá del “período crítico” , en la revista Brain and Language y El desarrollo lingüístico de Genie , en la revista Language . Los trabajos describieron sus avances y las limitaciones que presentaba para adquirir determinadas estructuras lingüísticas. El caso aportó información relevante para estudiar el período crítico del lenguaje, aunque no permitió confirmar por sí solo una teoría definitiva. Mientras tanto, las relaciones entre los profesionales comenzaron a deteriorarse. Surgieron desacuerdos sobre el tratamiento, las decisiones educativas y quién debía tener acceso a Genie. La situación se volvió todavía más delicada cuando David y Marilyn Rigler, integrantes del equipo científico, asumieron también su cuidado como padres de acogida. La convivencia entre las funciones de investigadores y cuidadores abrió un conflicto ético que atravesó todo el programa. En 1975, el Instituto Nacional de Salud Mental decidió no renovar el financiamiento y la investigación perdió los recursos que la sostenían. Genie acababa de cumplir 18 años y dejó de vivir con los Rigler. Después de varios años de avances y atención especializada, la adolescente quedó nuevamente expuesta a la inestabilidad y la falta de protección que marcaron buena parte de su infancia. El abandono y el destino incierto de una niña que nunca dejó de ser vulnerable Después de abandonar el hogar de los Rigler, Genie regresó temporalmente con su madre, Dorothy, pero ella no pudo afrontar las necesidades especiales de su hija debido a sus problemas de salud. La adolescente pasó entonces por distintos hogares de acogida e instituciones. Los cambios de entorno y las experiencias negativas afectaron su evolución. Según las reconstrucciones posteriores, en uno de esos hogares sufrió nuevos castigos por sus dificultades de comportamiento y perdió parte de las habilidades que había conseguido desarrollar. En 1979, Dorothy demandó al hospital infantil de Los Ángeles y varios integrantes del equipo de investigación. La acusación cuestionaba el manejo de la información confidencial y los límites entre la atención médica de Genie y su utilización como objeto de estudio. Entre los demandados figuraban David Rigler y Susan Curtiss. El litigio terminó en un acuerdo en 1984 y dejó al descubierto las tensiones éticas que atravesaron el caso desde sus comienzos. Años después, el periodista Russ Rymer reconstruyó la historia en The New Yorker y en su libro Genie: una tragedia cientifica . En julio de 2016, el diario británico The Guardian publicó una nueva investigación sobre su destino. Susan Curtiss dijo que le preocupaba haber perdido el contacto con la joven y contó que sus intentos por volver a verla no prosperaron. Según informó The Guardian , Genie permanecía bajo tutela del Estado de California y residía en una institución cuyo domicilio se mantenía en secreto. Las autoridades se negaron a revelar información sobre ella por razones de confidencialidad. Curtiss aseguró entonces que creía que seguía viva, aunque llevaba décadas sin poder verla ni comunicarse con ella. Desde entonces, no surgieron datos públicos verificables que permitan confirmar su situación actual.
La niña tenía los brazos rígidos, el cuerpo extremadamente delgado y la mirada perdida . No hablaba, apenas podía camina




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