Hay una huella que los juegos de SUDA51 dejan en quienes alguna vez se han atrevido a probarlos. Lo peculiar suele, por lo menos, hacernos girar la cabeza, reclamando nuestra atención. Pero ¿qué pasa una vez estamos mirando? Los juegos del director nipón de Killer7 y No More Heroes encuentran su belleza bajo esta premisa. No es difícil, por lo menos estilísticamente y sin el control en las manos, ver a Stupid Never Dies como una suerte de heredero espiritual de dicho legado. El debut de GPTRACK50, con Hiroyuki Kobayashi, legendario productor de aquella mítica y experimental Capcom, tiene aquella primera parte resuelta: hacer la pregunta. La respuesta, a pesar de demostrar un gran corazón, se entorpece. Hay momentos en que parece esbozar algo interesante, pero nos quedamos esperándola en un mar de carisma y potencial. El carisma indomable de lo absurdo Hace no mucho, Hi-Fi Rush , uno de los grandes juegos de 2023 que probablemente reciba la etiqueta de “juego de culto” con el paso de los años, se propuso este desenfreno de color y acción con grandes resultados. Creado por la ya cerrada Tango Gameworks, demostró cómo una identidad visual atrevida puede acompañar una experiencia mecánica igual de sólida. Desde aquel lugar, Davey, un joven zombi inmerso en un mundo donde no todo termina de hacer sentido, pretende cargar con aquella bandera tan atrevida de ondear hoy en día. En tonos satíricos y de comedia donde pocas bromas desentonan, lo extraño de su concepto comienza a tomar forma. Al entrar a un centro comercial abandonado, Davey se enamora de una joven congelada en una nevera industrial. Simplemente observándola, enamorado hasta decir basta, se topa con un abstracto huevo que le entrega poderes sobrenaturales en otra dimensión. Un extraño científico y su equipo le enseñan este lugar y le ofrecen un trato simple: si logra vencer al dominante de dicha dimensión, la chica que ama volverá a la vida y él podrá, finalmente, invitarla a una cita. Encontrar similitudes con las propuestas más bizarras de la época de PlayStation 2, con este imaginativo concepto sobre la mesa, no es difícil. Y es en este mismo espacio donde Davey, como protagonista, no deja de deslumbrar. Es un hilo que lo une todo, a pesar de sus simples aspiraciones y pensamientos unidimensionales. Es caótico en sus propias líneas y se acompaña de un apartado artístico que lo hace destacar instantáneamente. Esta rendición noventera del skate punk, que coquetea con el neón de la ciencia ficción, jamás parece pensar que algo es demasiado. Su mayor virtud es lo pasional de su planteamiento, al igual que las conversaciones de sus personajes. Todo se justifica bajo aquella simple premisa, más allá de su grandilocuencia: llega hasta el final para salvar a tu enamorada. Muchas ganas y pocos aciertos ¿Qué haremos durante las más de 20 horas con Davey? La respuesta es descender por mazmorras sin fin. Cayendo una y otra vez, partiendo desde cero y aprendiendo algo sobre el mundo, tendremos que encontrar nuevas estrategias para cada intento. Hades , con toda su excelencia, parece haber establecido un estándar difícil de superar para los juegos de acción más cómodos en las mecánicas roguelite. Si ponemos a Stupid Never Dies junto a The Binding of Isaac o Returnal , en su vertiente más orientada a la acción, se hace evidente que los estándares del género moderno están bastante altos. Stupid Never Dies jamás alcanza ese nivel de grandeza, ni en sus momentos más brillantes. Como acción en tercera persona, nunca termina de sentirse cómodo, a pesar de ciertos momentos de disfrute mecánico y de tener entre sus filas al productor de Devil May Cry . Con mapas extremadamente lineales y vacíos, pretende poner el peso netamente sobre el combate, pero este carece del pulido necesario para sostener la experiencia. Muchos aspectos de lo que lo rodea terminan dándole la razón a esta crítica. Davey es, literalmente, el zombi más débil de la Tierra, incluso con sus poderes recién adquiridos. Por eso, mientras más veces intentes llegar hasta el final y seas derrotado, más experiencia ganarás de manera permanente. Es decir, siempre serás un poco más fuerte que en el intento anterior. Siempre será más fácil partir del nivel uno hasta ser prácticamente indestructible. Algo que sus creadores han denominado “blazing fast growth” . Pero, en la práctica, esto no soluciona los problemas del combate; más bien, los convierte en una filosofía profundamente desperdiciada. Como consecuencia, se hacen más evidentes algunas de sus falencias. Apuntar a un solo objetivo ya es difícil cuando hay varios enemigos en pantalla, pero la falta de una opción que nos permita hacerlo automáticamente se vuelve una carencia demasiado grande para lo que pretende. Una frustración que aumenta cuando controlas una versión bastante potente de Davey, la cual no logra un nivel digno de precisión debido a estos fallos de sistema. Al no poder esquivar de manera natural, en medio del caos y con ganas de poder hacer algo sin entender muy bien qué pasa a tu alrededor, dando mordiscos a ciegas para intentar sobrevivir, Stupid Never Dies pierde fuerzas constantemente. El sistema de daño recuperable, que te incentiva a usar parry , se vuelve confuso rápidamente. A esto se suma la falta de claridad visual: cuesta entender qué te acaba de golpear y cómo evitarlo la próxima vez. Los enemigos que están por los aires se hacen particularmente pesados, están poco equilibrados y ofrecen pocas oportunidades para que el jugador aprenda a enfrentarlos de una manera que los transforme en algo más que una molestia.Un problema de diseño que, al igual que gran parte de la experiencia, obedece a una falta constante de pulido. Las bases de su planteamiento son dos: tenemos un reloj que, si llega a cero en medio de una partida, nos obliga a empezar de nuevo, y un sistema de transformaciones que nos permite adquirir —literalmente, comiéndonos a pedazos— los poderes de los monstruos más poderosos que vamos derrotando. El primero intenta fomentar la agilidad de cada partida, pero, cuando ya se dominan las nuevas habilidades, termina quitando tiempo y espacio para experimentar con ellas. Hace que cada intento tenga un peso extra de tensión que, combinado con los problemas mecánicos, solo evidencia la falta de acierto de un título que a cualquiera le gustaría amar con devoción. El segundo sistema, en cambio, es su mayor virtud. Ser Davey durante gran parte del juego nos enfrenta constantemente a los errores del combate. Al transformarnos en un hombre lobo, una especie de calavera nigromante o una arpía que vuela por los aires, la situación se nivela. El caos con el que fue diseñado parece encontrar, por fin, un punto de equilibrio. Además, dichas transformaciones se sienten particularmente satisfactorias. Cargan una barra al atacar y permiten regenerar nuestra salud al utilizarlas, lo que entrega una recompensa concreta por dominar sus posibilidades. A pesar de estos momentos, el juego nunca logra sortear aquella carencia mecánica tan importante en un título de estas características. Davey, lamentablemente, termina en la categoría de “protagonistas que merecían un juego mejor”. ¿Un gusto adquirido? Quizás sea la esperanza de un juego que le haga justicia a su carisma, pero, luego de casi 27 horas, fue difícil dejar ir a Stupid Never Dies . Por un motivo o por otro, su encanto se hace contagioso, con sus bromas ligeras y sus personajes entrañables. Con dolor, pasar por alto sus falencias se vuelve imposible debido a que, incluso fuera del combate, el juego sigue tomando decisiones poco acertadas. Cada cierto tiempo, después de cada cierto jefe y tras una nueva esperanza de disfrutar la experiencia, el ritmo vuelve a ahogarse deliberadamente. Esto ocurre mayoritariamente durante las primeras horas del juego. Luego de un gran enfrentamiento, uno de nuestros compañeros en el centro comercial nos detiene, nos manda de vuelta a la realidad y se acabó esa partida. ¿Con qué objetivo? Contarnos sobre una nueva mejora, introducir un nuevo sistema o simplemente decirnos lo bien que vamos. El juego quiere enseñarnos sus sistemas, pero lo hace interrumpiendo constantemente una experiencia que, por otro lado, intenta mantenernos en movimiento. Si el reloj ya nos presiona para avanzar y cada intento tiene un peso adicional, estas pausas terminan rompiendo un ritmo que el propio juego se esfuerza por construir. En ciertos momentos es fácil pensar en Stupid Never Dies como una experiencia que crece en el paladar. Lo cierto es que su carisma, su instinto de nunca quedarse quieto y sus ganas indomables de que lo disfrutes se ven truncados por sus propias imposibilidades de cara a una experiencia que se mantenga en tu mente más allá de su presentación y estilo. Stupid Never Dies está disponible para PC a través de Steam y para PlayStation 5, e incluye una optimización gratuita para PS5 Pro.
La respuesta es descender por mazmorras sin fin. Cayendo una y otra vez, partiendo desde cero y aprendiendo algo sobre e





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