Desde la ventana de su casa, Huenu Mastronardi tiene enfrente el cerro La Monja , al que en el valle también llaman Trono de Nubes . Esa vista no fue un regalo del azar. Cuando salió con su pareja a buscar tierra en Trevelin , la lista tenía dos condiciones: buenos accesos para mover colmenas y agua, en tiempos en que escasea cada vez más. Ella sumó una tercera. Quería ver esa montaña cada mañana. Huenu significa cielo en mapuzungun. Mejor dicho, lo alto. Ella se detiene en ese matiz. El castellano usa una sola palabra para lo que el inglés separa entre sky y heaven , y su nombre apunta a la segunda, a una idea más espiritual del cielo. No viene de una familia mapuche. Pero sus padres, profesionales en Esquel , eligieron nombres mapuches para ella y para su hermano. No sabe qué vino primero, si el nombre o su apego a los cielos patagónicos. A mediados de octubre, entre la casa y el cerro, el jardín empieza a encenderse. Los narcisos abrieron a fines de septiembre, los tulipanes ya están en flor y las peonías esperan su turno. Huenu nació y se crió en Esquel, a pocos kilómetros de Trevelin. Se fue a estudiar psicología y la profesión la llevó por Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata y Guadalajara, en México. Se recibió de psicóloga hace unos 20 años, se especializó en psicología deportiva y laboral, hizo una maestría en desarrollo humano y montó una consultora. Era, resume, un trabajo de ciudad y de oficina. De regreso en la cordillera conoció a Carlos, Caio, como lo llama ella, un bahiense que lleva más de 35 años con las abejas y 17 en Trevelin. Él alquilaba una chacra a mitad de camino entre los dos pueblos y ella se mudó allí. Empezó una huerta porque quería comer sin agroquímicos. La consultora, sin embargo, seguía en pie, y con ella un ritmo que no se había quedado en la ciudad. Hubo un momento en que se lo dijo a sí misma. “Vivo en la cordillera, en la Patagonia, y tengo el mismo estrés que si viviera en una gran ciudad”, recuerda. “Esta no es la vida que yo quiero”. Hace 11 años cerró la consultora. Durante seis no volvió a atender como psicóloga. Un chacay y una rosa mosqueta Antes de comprar la tierra, Huenu ya la había dibujado. La huerta, los animales y cada espacio que imaginaba estaban en papel cuando todavía no sabían dónde iban a vivir. Ella dice que tiene un gran poder de concreción, y Carlos se lo confirma. Las dos hectáreas que encontraron, sobre el callejón Alun Hughes, en la zona de chacras que se extiende hacia el Parque Nacional Los Alerces , eran pura pastura. Habían sido campo de animales. En una punta había un chacay. En la otra, una rosa mosqueta. Nada más. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Establecimiento Valle Andino | Trevelin (@valleandinoestablecimiento) Todo lo que hoy se ve lo levantaron ellos. Sembraron, hicieron esquejes, plantaron árboles, tendieron alambrados, armaron el invernáculo. En el medio llegó la pandemia, que para la pareja fue un oasis. Estaban aislados, pero afuera. La tierra se la compraron a una familia de origen galés. Cuando los colonos llegaron al Valle 16 de Octubre , el valle se repartió por leguas entre las familias. Con las generaciones, las chacras se fueron dividiendo y algunas salieron a la venta. Los vecinos de Huenu y Carlos descienden, en su mayoría, de aquellos primeros colonos, y ella los nombra por apellido. Muchos son clientes y en varios de sus campos están las colmenas de Carlos. Los recibieron bien, cuenta, porque valoran que los recién llegados se hayan puesto a producir en tierras que siempre lo fueron. El otro vínculo la lleva hacia la comunidad mapuche de Sierra Colorada , que en los últimos inviernos le abrió las puertas de su ceremonia de año nuevo. Mapuche significa gente de la tierra, recuerda Huenu. Ahí se reconoce. El sabor del arbusto Durante la mayor parte de su vida, Carlos vendió miel a granel, sin separar cosechas. Cuando nació Valle Andino , hace once años, empezaron a diferenciarla según su origen botánico, es decir, según las flores que visitan las abejas. Hoy él maneja unas 700 colmenas repartidas en 20 campos, de Esquel y Trevelin a lo largo de la ruta 259 hasta Los Cipreses , cerca del límite con Chile, y en un campo próximo a Gualjaina , a 80 kilómetros. Esa dispersión le permite cosechar floraciones distintas sin mezclarlas. Huenu no abre colmenas. Lo suyo es lo que viene después, el envasado, las etiquetas y la venta, y lo que va antes, los jardines y la huerta. Para llamarse monofloral, explica, una miel tiene que tener más del 45% de una misma flor, que es la que le da color, aroma, sabor y textura. Valle Andino tiene tres, además de una multifloral, y a quien llega a la chacra se las dan a probar en orden, de la más suave a la más intensa. La de vicia viene de una pastura que se siembra en las chacras vecinas. Es la más delicada, para untar sobre pan casero con manteca. La de melilotus, el trébol de olor, es muy clara, de cristales finos y perfume marcado. La multifloral junta el verano del valle, cuando florecen a la vez tantas especies (tréboles, nativas, silvestres) que ninguna se impone. Huenu la llama el caballito de batalla. Va al té y a las panaderías de la zona, que la usan para repostería. La última es la de chacay y mancacaballo, dos plantas nativas del ecotono donde la cordillera se vuelve estepa. Tiene el grano grueso, un dejo amargo al final y algo rústico que ella describe así: “Es como si uno sintiera el sabor del arbusto”. Hay cerveceros artesanales que la buscan por ese amargor, y quienes la usan en mostazas o con carnes. La cera y parte de la miel terminan, además, en manos de quienes hacen cosmética natural. La miel no es lo único que sale de la chacra. Hace años que Huenu no compra té. Melisa, cedrón, poleo y romero crecen en la huerta y terminan secos en frascos, y este año hace su primera prueba de aceite esencial de romero. Con unas 40 gallinas y una huerta que excede lo que pueden comer dos personas, venden el sobrante. En otoño sale a recolectar rosa mosqueta, las manzanas silvestres que crecen en los callejones y hongos. Deshidrata kale para sopas, ruibarbo, orégano. Esa abundancia trajo un problema que en la ciudad no existe. Las alacenas de hoy son chicas porque el supermercado está a mano. Quien cosecha casi todo en verano necesita, como las casas de antes, una despensa grande para comer el resto del año. Los que estaban antes Donde había pastura empezaron a devolver algo del monte nativo, con chacay, ñire, maitén y calafate. Huenu pasó años observando a las abejas. Sabe que se mueven distinto cuando juntan néctar y cuando juntan polen, y elige las plantas para que la floración dure lo más posible. El efecto alcanzó a otros. Volvieron las abejas nativas y el abejorro nativo, algo que la llena de orgullo. El año pasado dejó en pie los girasoles del jardín, con sus semillas, y se volvieron refugio y alimento para las aves. Cada temporada llegan más. Tres parejas de teros anidan en la chacra todos los años. “Ellos estaban antes que nosotros”, dicen en la casa. Esa misma atención está en el centro de lo que hace hoy como psicóloga. Después de la pandemia notó cuánta gente necesitaba aire libre y se formó como terapeuta hortícola. Atiende a algunos pacientes lejanos en línea, pero la mayor parte de su trabajo ocurre en la huerta, en los senderos y en el mandala. En pleno invierno, dentro del invernáculo. No hace falta llegar a terapia para sentirlo. Le pasa también a quien viene a comprar un frasco de miel. A los veinte minutos, media hora, el cuerpo empieza a acompasarse con lo de afuera, que siempre va más lento. Ella no se excluye; aunque vive en el campo, también anda pegada al teléfono. “La naturaleza nunca está apurada”, dice. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Establecimiento Valle Andino | Trevelin (@valleandinoestablecimiento) En los talleres pide que cada persona llegue con una pregunta. Después exploran, y a veces la respuesta aparece sola, en una mariposa que se posa o en una planta frente a la que alguien se sienta a mirar. Hay quienes lloran. Huenu trabaja desde el enfoque centrado en la persona y lo explica con el idioma de la huerta. A una semilla no se le fuerza nada. Se le prepara el sustrato, el agua, el clima, para que despliegue lo que ya trae. “Yo hago lo mismo con las personas”. Un sueño trazado a compás El mandala llegó en un sueño. Los mapuches llaman pewma a esos sueños que traen algo, y Huenu no intenta explicarlo. Vio dos imágenes superpuestas, el kultrún con sus cuatro puntos cardinales y la flor de la vida, una figura que suele pintar en sus prácticas de meditación. Primero la dibujó. Después marcaron sobre el terreno los cuatro caminos, hacia el norte, el sur, el este y el oeste. Para los círculos miró un tutorial, armaron un compás casero y trazaron la figura sobre un cuarto de hectárea, cincuenta metros por cincuenta. No fue un día. Fueron varios, y había que repasar cada línea a pala porque el pasto crecía y borraba el dibujo. Llevan tres años en eso, y esta es la primera primavera con todos los canteros sembrados. Cada cuadrante es una estación con su paleta. El invierno florece en blancos, celestes y azules, entre follajes grises. La primavera, en rosas, lilas y violetas. El verano, en amarillos, naranjas y rojos. El otoño, en bordó, borravino y ocres, para fundirse con el cerro cuando amarillean los álamos y enrojecen las lengas. Los árboles y arbustos que darán estructura al conjunto van a tardar años en crecer. Lo que no estaba en ningún dibujo es lo que hacen los insectos. Huenu siembra flores anuales, las abejas las polinizan cruzadas y la temporada siguiente brotan con otros tonos, o aparecen plantas que nadie sembró. Para la mujer que dibujó su chacra antes de tenerla, eso es lo más maravilloso, la incertidumbre y la sorpresa. “Al otro año me cambiaron los colores”, cuenta. Ella propone. El resto lo decide el valle. Datos útiles Callejón Alun Hughes 994, Trevelín IG: @valleandinoestablecimiento Abren de jueves a domingos, de 14 a 20.30 Web: establecimientovalleandino.com.ar
Desde la ventana de su casa, Huenu Mastronardi tiene enfrente el cerro La Monja , al que en el valle también llaman Tron





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