Brasil elige este domingo al presidente que conducirá a más de 158 millones de personas hacia el fin de la década, una travesía repleta de incertidumbres económicas, sanitarias, de seguridad y climáticas. Tras la derrota del oficialismo en primera vuelta, el país va al balotaje con 110 millones de ciudadanos furiosamente enfrentados. Abstención, votos en blanco y nulos suman un récord de 48,8 millones de desencantados. Lula da Silva (81) representa al partido que gobernó más tiempo en las últimas décadas. Sin herederos políticos, lidera una izquierda poco arraigada en el nuevo electorado. Al frente, Flávio Bolsonaro (45), con fuerte tracción juvenil y el apoyo de la derecha global, asume el legado de su padre. Su programa alarma a rivales y moderados, un déjà vu del pánico que el propio Lula causaba al statu quo en 2002. El debate en TV Band mostró que si la tensión es alta en las bases, no es menor en la cúpula. Sondeos, marchas y la judicialización del algoritmo de Meta inflaman la disputa, que ya se perfila como la más explosiva del siglo. Los electores acudirán a las urnas intoxicados por mensajes del “Ejército de Lula” y la “Tropa de Flávio”, milicias virtuales en un fuego cruzado de acusaciones de inmoralidad, ignorancia e incluso de delitos, mientras sobre sus líderes pesan investigaciones judiciales. De imponerse, Lula quedará comprimido entre la presión externa del Escudo de las Américas y un Congreso dominado por la derecha, con presupuesto asfixiado y riesgo de impeachment. Si vence Bolsonaro tendrá carta blanca para su programa: salud de nivel “premium”, Ministerio de la Prosperidad, guerra al narcoterrorismo, mano dura penal y reforma judicial. En esta última hipótesis, la izquierda no solo pierde al gigante tropical: la doctrina Donroe conquista la región con un presidente joven que suma a su poder institucional el fervor religioso de sus seguidores. Cualquiera sea el resultado, se abre un nuevo ciclo de fractura social que deja a la Agenda 2030 eclipsada por el avance global de la derecha y el auge de tecnologías tan promisorias como amenazantes. Todo un signo de los tiempos. Por Carlos Turdera , analista y corresponsal en Brasil.
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