El guionista, dramaturgo y director de cine Aaron Sorkin es muy bueno en los diálogos ingeniosos y en esa marca registrada que consiste en hacer que la acción avance mientras los personajes hablan a borbotones y se mueven como león enjaulado, de un lado a otro. Es el estilo de sus thrillers sobre conspiraciones, juegos de poder y trucos sucios en la élite política estadounidense. La fórmula funciona si detrás de cámara hay un director que advierte a los protagonistas de que además de recitar reflexiones hay que actuar . Parece obvio, pero muchos se ciegan con el bosque frente a sus narices. El principal problema de esta bienintencionada película es que Aaron Sorkin usa bencina de menor octanaje en la dirección comparada con el combustible premium de la escritura. No es un realizador nato y se nota demasiado. Lo que maneja al dedillo con sus diálogos brillantes no lo transmite a los personajes . Lo peor es que personal había de sobra, pues El poder de la red tiene al menos tres actores en la cresta de la ola : Mikey Madison ( Anora) como Frances Haugen, una ingeniera de datos que revela la cloaca moral y laboral al interior de Facebook, su empresa; Jeremy Allen White ( El Oso ) en el rol del periodista Jeff Horwitz, quien publica los reportajes para The Wall Street Journal; y Jeremy Strong ( Succession ) como Mark Zuckerberg, fundador y dueño de la compañía hoy conocida como Meta. Los tres aportan su peso dramático, destacando Mikey Madison por el personaje de una chica conflictuada, aún reticente de filtrar toda la información y con el alma vendida a medias a su compañía . Habla menos que el periodista y es en esos momentos libres de la verborrea del guión que su personaje gana en intensidad y dimensiones. Jeremy Strong sobreactúa como un Zuckerberg robotizado e incapaz de interactuar con seres humanos , aunque no deja de sacar risas, demostrando que Sorkin aborrece al personaje real, que ya retrató en el guión para la magnífica Red social (2015), de David Fincher. Jeremy Allen White es el más débil como el tradicional periodista sabueso a lo Bernstein y Woodward de Todos los hombres del presidente (2016), el clásico de Alan J. Pakula. Es complejo dejar mal a esta película desde el momento en que sus intenciones son nobles y sus responsables fueron valientes al dejar a Meta (es decir, Facebook, Instagram, Whatsapp) en el quinto infierno y con escasas posibilidades de salvación. Lo que se cuenta es la historia de cómo los ejecutivos de la compañía desestimaron los efectos nocivos de sus plataformas en adolescentes (sobre todo Instagram) y de la proliferación de conductas de odio y radicalización política en Facebook. Todo por ganar más dinero y likes. Los hechos transcurren entre el 2019 y el 2021, con la pandemia incluida, el período en que la mala utilización de las redes alcanzó su punto más crítico y errático. Los casos de desinformación e incivilidad se multiplicaron, incluyendo negacionistas de vacunas en medio de la escalada del Covid y el tristemente célebre asalto al Capitolio de Estados Unidos de enero del 2021. Hasta ahora Zuckerberg ha tenido que testificar al menos 8 veces en el Congreso y su corporación enfrenta penas de miles de millones de dólares, la más reciente hace sólo tres días en el estado de Nuevo México. Esta película porta el idealismo a lo David contra Goliat, pero carece de los matices de su predecesora, Red social . Por el contrario, sus personajes tienden a tener las dimensiones de una pintura rupestre y sólo recitan información más datos. Si es por informar, lo mejor es leerse un reportaje. En ese último sentido, la nobleza de El poder de la red sí tendrá una justificación.
El guionista, dramaturgo y director de cine Aaron Sorkin es muy bueno en los diálogos ingeniosos y en esa marca registra





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