Cuando era niña no teníamos perros en casa. Mi convivencia con ellos comenzó años después, cuando mis hijas me pidieron uno. Sin embargo, conservo un recuerdo de cuando tendría seis años. Una amiga de mi tía Taty tenía un perro llamado Mustang. Recuerdo entrar a su cocina y encontrar su plato en el piso. Tenía arroz. No sé por qué aquella imagen me impresionaba tanto, pero todavía puedo verlo, con lo que seguramente había sobrado de la comida del día. Muchos años después, al investigar la alimentación de los perros, volví a pensar en aquel plato. Durante miles de años comieron lo que nosotros comíamos, lo que nos sobraba o lo que conseguían por su cuenta. La historia comienza antes de que existieran las cocinas. Hace al menos quince mil años, los antepasados de nuestros perros ya convivían con grupos humanos. Las presas, la carroña y los restos de animales formaban parte de su alimentación. Es posible que aquella cercanía surgiera alrededor de los desperdicios de las cacerías. No sabemos exactamente cómo ocurrió la domesticación, pero la comida debió desempeñar un papel importante. Con la agricultura cambió nuestra alimentación y también la suya. Los asentamientos ofrecían cereales, residuos vegetales y nuevos desperdicios. Con el tiempo, muchas poblaciones caninas desarrollaron adaptaciones genéticas que les permitieron digerir mejor el almidón. La convivencia también dejó huella en sus organismos. En la antigua Roma ya existían recomendaciones para alimentar a los perros de trabajo. Los tratados agrícolas mencionan alimentos como pan de cebada y leche. Me gusta imaginar a los pastores preparando esas raciones; hace más de dos mil años ya se pensaba en una alimentación particular para ellos. En Mesoamérica había otros ingredientes. Las descripciones recogidas por Bernardino de Sahagún mencionan perros que comían maíz y carne cruda o cocida. Mientras en el Mediterráneo había pan de cebada, aquí había maíz. Sus platos también contaban la historia del lugar donde vivían. Durante la Edad Media europea, la comida de los perros reflejaba las diferencias sociales. Las jaurías de caza de las familias nobles podían recibir pan, carne, caldos y cuidados especiales. Los perros de aldeas y ciudades dependían de desperdicios domésticos y de cuanto encontraban en las calles. Durante siglos, el perro fue un comensal de segunda mesa. Su comida salía de nuestra cocina: pan endurecido, restos de carne, algo de caldo o las sobras de un guiso. A mediados del siglo XIX comenzó otro capítulo. Hacia 1860, James Spratt comercializó en Inglaterra unas galletas elaboradas especialmente para perros. La historia más difundida cuenta que la idea surgió al observarlos comer galletas sobrantes de los barcos. Aquello abrió un mercado: la comida canina podía fabricarse, empacarse y venderse por separado. Después llegaron las conservas. En 1922 apareció en Estados Unidos Ken-L Ration, un alimento enlatado elaborado con carne de caballo. Durante los años cincuenta se extendió la tecnología de extrusión que permitiría producir las croquetas modernas. La industria, la publicidad y el conocimiento veterinario fueron transformando las costumbres. Alimentar al perro dejó de depender únicamente de lo que quedaba en la olla. Ganó terreno la idea de ofrecerle una dieta formulada para sus necesidades. Hoy existen alimentos según su edad, actividad y condición de salud. También se venden comidas frescas preparadas para ellos. Una parte del mercado vuelve a ofrecer la apariencia de la cocina doméstica, ahora acompañada de fórmulas nutricionales. Pero una preparación casera y una dieta completa no son necesariamente lo mismo. Pienso nuevamente en Mustang. No sé si le gustaba aquel arroz o si esperaba que apareciera algo más en su plato. Tampoco sé por qué conservé esa imagen entre tantos recuerdos de infancia. Tal vez me sorprendía descubrir a mi corta edad que un perro podía comer algo tan parecido a lo que comíamos nosotros. Aquel plato en el piso de una cocina contaba una historia que entonces no podía imaginar: la de un animal que lleva miles de años acompañándonos y cuya alimentación ha cambiado con nuestras cosechas, nuestras cocinas y nuestras fábricas. Antes de tener un pasillo propio en el supermercado, los perros ya tenían un lugar junto a nuestra mesa.
Cuando era niña no teníamos perros en casa. Mi convivencia con ellos comenzó años después, cuando mis hijas me pidieron





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