La primera vez que Catalina Guerrico entró a La Margarita lo hizo arriba de Maga , su yegua. Había salido desde el pueblo por la banquina de la ruta, tomó el camino de Morgan y, cuando la avenida de árboles se abrió delante de ella, se largó al galope sin terminar de creer lo que estaba viendo. Matías Méndez Morgan la esperaba en la casa. Le había encargado un cuadro para el mirador y, cuando ella le contó que ese día pensaba salir a andar, él le propuso que fuera a caballo. Al llegar, Matías desensilló a Maga y la soltó en el campo. “Nunca más salió de ahí”, dice Cata. Antes de esa tarde, La Margarita había sido para ella apenas una serie de fotografías. Se las habían mostrado Graciela, la madre de Matías, y Sole, su hermana, cuando quisieron regalarle a él una pintura de la casa. Cata no hacía ese tipo de retratos, y así se los dijo, aunque pidió verlas igual. Alcanzó con eso. Lo que vio la impactó tanto que terminó pintándola. Lo que mostraban esas fotos sigue ahí, pero para verlo hay que atravesar primero el monte. Detrás de la tranquera verde, el camino se hunde en una arboleda de eucaliptos, pinos y otras especies que con las décadas se fueron cerrando hasta formar una masa vegetal que, desde adentro, parece no tener fin. El casco aparece de a poco en el claro del monte. Son más de 800 metros cuadrados de una construcción que no necesita demasiada presentación. Su historia está en ese color de ferrites que ya nadie consigue reproducir, en las enredaderas que trepan los muros y en la torre desde la que alguna vez se vigilaba la llanura para anticipar los malones. A un costado, un rancho de ladrillo y techo a dos aguas, levantado para la peonada, hace hoy de cocina y pulpería. Ahí Cata pone el agua para el mate mientras Matías desanda la historia familiar. Los Morgan fueron de los primeros irlandeses en asentarse en la zona, y en 1845 fundaron esta estancia para criar ganado y ovejas. El nombre homenajea a Margarita Mooney de Morgan , a quien Areco todavía recuerda como una de sus grandes benefactoras. La familia impulsó, entre otras obras, el Hospital María Clara Morgan , la Parroquia San Patricio y el Colegio Santa María . En el pueblo, muchos le siguen diciendo “la vieja estancia de los Morgan”. El campo llegó a sumar 9000 hectáreas y, generación tras generación, cambió de piel según lo pedía cada época. Fue una chacra autosuficiente de las de antes, con talleres propios y servicios capaces de atender una demanda exigente. Más tarde se volcó a la agricultura intensiva y a la cría de animales, y en algún momento abrió sus cuartos a huéspedes, hace unos 20 años. “Pero la hotelería nos cansó muy rápido”, admite Matías. Su apego a estas tierras tiene una fecha precisa. “A los 16 años conecté con mi abuelo y descubrí a una persona de la que me hice muy amigo”, recuerda. En esas charlas, el viejo le transmitió lo que significaba el lugar para él. “Una de sus grandes preocupaciones era que La Margarita quedara en la familia. De ahí asumí el compromiso de cuidarla”. Años más tarde, acompañó a su madre para cumplirlo. “No éramos nosotros” Cuando decidieron recibir visitantes, eligieron el camino más transitado en la capital de la tradición. Ofrecieron el clásico día de campo, con asado, caballos y destrezas gauchas, y durante un tiempo les resultó un desafío entretenido. Venía gente de todas partes del mundo. La segunda vez que abrieron fue para la filmación de un programa de viajes con Lily Collins. Desembarcaron unas cincuenta personas con sus cámaras, uno de ellos grababa desde arriba de un caballo, y la actriz quiso probar trucha, pescado y carne. Para completar el cuadro, llovía. Hubo que acomodar a todo el equipo bajo techo, apretado, y servir la comida en diez minutos porque el rodaje no daba tregua. “Fue un gran desafío para ser la segunda vez que recibíamos gente”, se ríe Cata. El entusiasmo de esos primeros meses fue dejando lugar a una incomodidad. “Era interesante ver gente de todo el mundo, pero nos fue cansando un poco tener que ofrecer productos iguales a los de otros lugares. No éramos nosotros”. A Matías siempre lo atrajeron la cocina y los fuegos; a ella, el arte. A los dos, la naturaleza. Con esas tres cosas sobre la mesa, las ideas empezaron a aparecer casi sin buscarlas, y cuando quisieron acordarse ya estaban haciendo otra cosa. Un escenario entre los árboles La primera fue una muestra con amigas de Cata del mundo del arte. “Después se me ocurrió usar el monte como escenario”, cuenta. Son cinco hectáreas de verde cerrado, cruzadas por senderos hechos al azar y que ahora ellos van mapeando de a poco, como quien dibuja un recorrido para que el arte lo intervenga. De esa intuición nació Monte, un festival que se repite cada otoño y cada primavera. En su segunda edición, más de veinte artistas colgaron pinturas, fotografías, piezas textiles, joyas y objetos de diseño entre los troncos, en una puesta mínima pensada para desaparecer cuando terminara. Con Ernesto Bauer se sumó la música. Una tarde, más de cien personas se sentaron en medio de la arboleda a escuchar Amor Amor, una opereta vienesa; otras veces, el teatro se hizo caminando por los senderos. Una vez por mes, además, un chef distinto se hace cargo del almuerzo. Cata y Matías tienen trazado lo que quieren que suceda a lo largo del año, pero dejan espacio para lo imprevisto. “Surgen ideas, oportunidades, y si nos gusta y nos parece que va con nuestra curaduría, lo armamos”. El horizonte lo tienen claro. “Queremos que sea la estancia cultural. Como un centro cultural, pero en una estancia”. Hay una escena que les confirma el rumbo, y la protagonizan los chicos. Al rato de bajar del auto ya corren por los senderos, levantan refugios con palos, se meten entre los árboles a investigar. Algunos vuelven con huesos; otras, con ramos de flores. Las pantallas quedan olvidadas. “Cuando pasa eso, sentimos que lo estamos haciendo bien”, dice Cata. Ninguno paga entrada, por una decisión que tomaron desde el principio para que el arte, la música y el teatro les queden cerca. Con los grandes, el proceso es más lento. Muchos aparecen cargados de problemas propios, alguno con el malhumor del tráfico todavía encima. Con las horas, todo eso se va aflojando. Cata lo atribuye a los árboles, al trazado curvo de las avenidas, a ese microclima que se forma bajo tanto verde y a los años que se leen en la casa y en los troncos. “El tiempo parece detenido. El lugar invita a quedarse, a no salir corriendo. El día se extiende y todos se quieren quedar”. Vivaldi en el monte El sábado 31 de octubre, diez músicos del Ensamble 101 , algunos de ellos del Teatro Colón , tocarán Las cuatro estaciones de Vivaldi en medio del monte, con Sergio Polizzi como solista. El almuerzo partirá el concierto en dos. El invierno y la primavera sonarán antes de comer; el verano y el otoño, a la hora del postre. Una semana más tarde, la tercera edición de Monte reunirá a más de treinta artistas, y esta vez habrá además veinte chicos exponiendo sus obras en Montecito . Hay más planes en carpeta. Un festival dedicado al bienestar, algo que según ellos el lugar ya produce sin proponérselo, y los cumpleaños, casamientos y encuentros de empresas que la estancia sigue recibiendo. Pero lo que Cata y Matías imaginan excede cualquier agenda. Quieren que La Margarita se vuelva una referencia del arte y la cultura en la región, un sitio que inspire a los que vienen detrás, y seguir armando eventos que, en palabras de Cata, “sumen belleza y felicidad a todos los que vienen”. A juzgar por lo que cuentan, a muchos les pasa lo mismo que a Maga. Llegan por un rato y no quieren irse. Datos útiles Estancia La Margarita de Areco. Camino de Morgan, San Antonio de Areco. Instagram: @lamargaritadeareco. Las cuatro estaciones de Vivaldi. Sábado 31 de octubre, desde las 13. Entrada anticipada, $50.000; en la puerta, $60.000. Los menores de 15 años no pagan. El almuerzo no está incluido; hay servicio de cantina y el postre está a cargo de Pía Fendrik . Reservas al 11 6036-9887. Si llueve, se pasa al fin de semana siguiente. Monte, tercera edición. Sábado 7 de noviembre.
La primera vez que Catalina Guerrico entró a La Margarita lo hizo arriba de Maga , su yegua. Había salido desde el puebl




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