Un fantasma recorre la cultura contemporánea. Se asoma en la publicidad, en los rótulos comerciales y en los informes de oficina. La inteligencia artificial ilumina y oscurece la vida cotidiana, dentro y fuera de las pantallas, pero su terreno más fértil —y peligroso— son las redes sociales, donde los deepfakes y la desinformación exageran catástrofes naturales, descontextualizan acontecimientos políticos y operan como vehículo implacable de odio y bulos. Mientras la sociedad se acostumbra a esa ubicuidad fantasmagórica de la inteligencia artificial, el mundo del arte gasta su energía en exorcismos inútiles. Resulta fácil aceptar la asistencia de la IA en tareas técnicas o banales, pero defendemos a capa y espada la santidad de la creación artística y la producción literaria e intelectual. Solo en este mes estallaron los escándalos de dos autores, el quebequés Thélyson Orélien y el peruano David Silva Rojas, que ganaron prestigiosos premios literarios con obras presuntamente escritas con IA en más de un 95 por ciento. Similar a cuando Olga Tokarczuk confesó en una entrevista que usaba IA para investigar y experimentar en su proceso creativo. La avalancha de críticas golpea a autores y editores, exigiendo disculpas y explicaciones. La indignación no se explica únicamente por el engaño a lectores y editoriales. Sus acciones desestabilizan tres nociones estructurantes para el mundo artístico e intelectual, las ideas de mérito, autoría y de calidad. Respecto de la primera, se presupone que un texto escrito con IA es tramposo porque se salta el arduo y sacrificado proceso escritural. Llega a la meta sin haber corrido la carrera. Por eso los primeros en indignarse ante estas noticias son los ejércitos de escritores amateurs y semiprofesionales que van mandando manuscritos por doquier y sudando la gota gorda. El mundo editorial es tremendamente desigual y elitista: solo un ínfimo porcentaje de autores logran tener éxito y vivir de la escritura, y ahora resulta que unos tramposos pretenden colarse. Sin embargo, desarrollar un proyecto con IA involucra también un proceso que, aunque distinto al de la escritura tradicional, exige tener criterio, identificar necesidades formales y temáticas; requiere elegir, descartar y depurar. Se trata de un diálogo con un modelo de lenguaje que no piensa (Miguel Benasayag), pero cuya capacidad de procesamiento produce resultados tan satisfactorios como para ganar concursos y “engañar” a jurados ilustres, como el que premió a Silva Rojas, integrado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda. Las salidas son dos: o ya no puede decirse que la escritura con IA sea mala, o la idea de calidad literaria entra seriamente en duda y, con ella, la de experto o autoridad literaria. Estamos como en una cata a ciegas en la que un pobre sommelier confunde un Vega Sicilia con un Padre Kino. En 2023, el fotógrafo alemán Boris Eldagsen ganó la categoría abierta creativa de los prestigiosos Sony World Photography Awards con una obra producida parcialmente con IA. Su intención no era engañar al jurado, sino detonar una conversación sobre la posibilidad de producir arte con inteligencia artificial. Para Eldagsen, quien ya había desarrollado una sólida carrera como fotógrafo sin la tecnología, emplear la IA equivale a incursionar en una práctica nueva: la promptografía, el arte de hacer fotografía a partir de prompts. Quizá podamos pensar de igual manera en una promptoescritura. Quizá la promtoescritura traiga consigo la siempre anunciada y nunca acontecida muerte del autor (Roland Barthes). Esta idea, popularizada por críticos literarios posmodernos, reconoce el carácter construido de la firma autoral. Todo texto es, al final, un diálogo en un mar de ideas y realidades que preceden y sobreviven a quien firma. Uno nunca es dueño de sus ideas. Hoy deberíamos apostar por una noción de escritura ampliada que incluya a la tecnología y a los cuerpos no humanos. El concepto de escrituras geológicas de Rivera Garza apunta precisamente a reconocer que el pensamiento está conformado por una infinidad de sedimentos, capas y voces. La “desapropiación” que defiende la autora implica reconocer que la escritura siempre es colectiva. La escritura con IA es la materialización más clara de esta idea. Entonces, hacer pasar algo colectivo por individual, y cobrarlo, no es solo deshonesto, es extractivo. Aquí la teoría colisiona con la práctica. Una escritura ampliada es incompatible con la fama, el éxito editorial y los premios literarios: el corazón del mercado del libro. Lectura sugerida: “La inteligencia artificial no piensa. (El cerebro tampoco)” de Miguel Benasayag (Prometeo). “Escrituras geológicas” de Cristina Rivera Garza (Debolsillo). Gracias, LGCH.

QUOTE · 引述
Un fantasma recorre la cultura contemporánea. Se asoma en la publicidad, en los rótulos comerciales y en los informes de