Al expresidente Boric se le reprochó con dureza la falta de olfato político y comunicacional para podar su gabinete. Prefería blindar a los suyos para que sus tiempos no los manejara la derecha; así, los ministros cuestionados perdían densidad y peso político, lo que le arrebataba el control de la agenda. Hoy el gobierno de Kast transita su propio vía crucis por el Caso Rabat. Carga con la liberación de 56 pederastas, una herida letal para la retórica de la mano dura, mientras arrecia el asedio para ejecutar cambios. El vocero Arenas llegó avalado por su experiencia y elocuencia para ordenar la casa, pero terminó exhibiendo las costuras de una derecha que en el día a día extravía sus principios. Su relato instala la imagen de un gobierno burocrático y deshumanizado, no tan distante de aquel que mandó a comprar flores ante el alza del IPC o a madrugar frente al encarecimiento del metro. La distinción de Arenas entre lo político y lo jurídico resulta insostenible. Afirmar que el procedimiento fue impecable en el derecho, pero deficiente en lo humano por omitir a las víctimas dibuja un Estado donde la ley y el bien común renuncian a poner a la persona en el centro, reduciendo la mentada primacía de la persona a un mero eslogan constitucional. Gobernar no es cuadrar un expediente. Cuando el Estado antepone el supuesto celo técnico al sufrimiento humano, degrada el orden jurídico a una maquinaria insensible y dinamita el pacto social, aquel que justifica ceder potestades al poder público para proteger a los más indefensos y jamás para perpetuar el desamparo de los vulnerados. Caída la coartada técnica y la indefendible indolencia moral, cabe preguntarse si alguna vez existió una estrategia política. El manual de cortapalos en política indica que el costo debía pagarse en la cartera de Justicia, pero el Presidente arrastró la crisis al corazón de La Moneda al enfrentar en persona el bochorno, absorbiendo errores ajenos y proponiendo una salida legislativa que le sirve en bandeja un festín a la oposición. Era el momento de un cambio de gabinete para tomar aire, no por Rabat, sino por esa acumulación de desprolijidades que ya condiciona el andar del gobierno. Ese inventario suma varias fojas e incluye el alza de los combustibles, la fallida reforma de seguridad, el fuego amigo entre ministros y parlamentarios, votaciones legislativas perdidas por no contar los votos, secretarios de Estado que se salen de libreto y un Segundo Piso degradado a premio de consuelo para fusibles que caen a cuentagotas. Cada día de titubeo fortalece a una oposición que hoy marca la pauta bajo la tutela de Bachelet y Boric, revitalizada por el triunfo de Lula en Brasil. Dilatar la respuesta no es prudencia, sino regalarle a la oposición una plataforma y la certeza de que puede volver a ser competitiva más por fallas ajenas que por virtudes propias. Por Cristóbal Osorio , profesor de Derecho Constitucional Universidad de Chile
Al expresidente Boric se le reprochó con dureza la falta de olfato político y comunicacional para podar su gabinete. Pre


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