Hace no tantos años, la idea de que una ola de calor obligara a una funeraria parisina a explicar a las familias que no había espacio para sus muertos habría sonado a novela distópica. Este verano ocurrió . En la última semana de junio, con termómetros por encima de los 40 grados en buena parte del continente, Europa vivió el episodio de calor más extremo de su historia, y una estimación preliminar (modesta) calcula que esos siete días dejaron más de 20 mil muertes. Lo que imaginábamos como un escenario lejano ya forma parte de las estadísticas de mortalidad. Con esas cifras todavía frescas llegué a la primera edición de Brussels Climate Week, del 12 al 16 de octubre. Participé con Atram.ai en la demostración de un simulador de riesgo climático cuyo propósito es hacer visible el golpe antes de que llegue a una cartera de activos. Me fui con la impresión de que en Europa el calor dejó de ser un asunto de pronóstico del tiempo y se volvió un asunto de salud pública, de presupuesto y de planeación urbana. Los datos ayudan a entender por qué. Desde los años ochenta, Europa se calienta al doble del ritmo promedio del planeta y es el continente que más rápido aumenta su temperatura . En 2025, al menos 95% de su territorio registró temperaturas por encima de lo normal, y junio de 2026 fue el más caluroso del que se tenga registro en Europa occidental . El costo humano es enorme y, sobre todo, está documentado. Un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona publicado en Nature Medicine estimó 62,775 muertes relacionadas con el calor durante el verano de 2024 y más de 181 mil entre 2022 y 2024. Para el verano de 2025, investigadores británicos contaron 24,400 muertes adicionales en 854 ciudades y atribuyeron alrededor de dos terceras partes al calentamiento causado por la actividad humana. En Bruselas, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente habló de al menos 35 mil muertes por encima de lo esperado en este verano. Solo Alemania, Francia y España suman más de 25 mil defunciones vinculadas al calor en 2026 , según sus propias agencias de salud. Detrás de cada cifra hay un patrón que conviene mirar de cerca. El calor rara vez mata de manera llamativa o para titulares de noticias. Mata en casa, en silencio, agravando enfermedades del corazón y de los pulmones. En 2024 murieron por calor casi 47% más mujeres que hombres , y el riesgo se dispara entre las personas mayores. Tampoco se reparte de forma pareja. La Agencia Europea de Medio Ambiente encontró que en Bruselas las personas nacidas fuera de la Unión Europea viven, en proporción, en los barrios más expuestos a la isla de calor . Durante la semana escuché una historia que me sigue acompañando. A media hora de la ciudad, en una ola de calor de este año, la diferencia entre el centro de Bruselas y el bosque de Soignes llegó a casi 23 grados . La isla de calor urbana puede elevar la temperatura de una ciudad hasta diez grados frente al campo que la rodea. Me traje la pregunta de cuánto del calor que padecemos tiene que ver con la forma en que construimos y cuánto podríamos cambiar si tomáramos en serio la sombra, el agua y la vegetación. Europa no ha resuelto el problema, pero parece estar escuchando las alarmas antes. Cuenta sus muertes con sistemas de vigilancia del exceso de mortalidad, publica estimaciones pocas semanas después de cada ola de calor y ya evalúa alertas tempranas capaces de anticipar con una semana los episodios peligrosos. También empieza a llevar la respuesta a escala de barrio. La ciudad de Bruselas dedicó su convocatoria climática de 2026, Refreshing Brussels , a financiar proyectos que refresquen espacios compartidos con sombra, vegetación y agua. Me interesa esa escala porque obliga a discutir dónde se invierte, a quién beneficia y cómo se mantiene. Desde México, la comparación incomoda. Nuestro registro oficial depende del informe semanal de la Secretaría de Salud, que cuenta los casos de golpe de calor y deshidratación atendidos y confirmados. Con esa metodología, el peor año documentado fue 2023, con 421 muertes . Son cifras pequeñas frente a las europeas, y precisamente por eso deberían preocuparnos. Un análisis de exceso de mortalidad , el mismo tipo de método que usa Europa, estimó que entre 1998 y 2019 México tuvo en promedio unas 3,300 muertes al año relacionadas con el calor, y que tres de cada cuatro ocurrieron entre personas menores de 35 años. La distancia entre ese número y el registro oficial dice menos del clima que de nuestra capacidad para mirarlo. En América Latina y el Caribe, la mortalidad relacionada con el calor creció 103% entre 1990 y 2021 . La ola de calor que golpeó a México y Centroamérica en 2024 fue 35 veces más probable por el cambio climático . En la Ciudad de México, la suma de calentamiento global e isla de calor ya representa alrededor de cuatro grados más respecto del último siglo , y las alcaldías de menor ingreso están entre las más calientes. Especialistas de la UNAM ya advierten que 2027 podría ser el año más caluroso registrado en el país . Esa diferencia en la manera de contar tiene consecuencias para el capital. Lo que no se mide no entra en los modelos de riesgo, no aparece en la evaluación de un proyecto y difícilmente recibe presupuesto. Por eso me interesó tanto la conversación financiera en Bruselas, en particular la pregunta de quién carga con el riesgo climático. Desde mi experiencia en inclusión financiera, me preocupa que llamemos financiamiento para la adaptación a operaciones que terminan trasladando la incertidumbre a quien tiene menos margen para absorberla. La forma en que repartimos el riesgo merece tanta atención como el monto que anunciamos. Regreso de Bruselas convencida de que lo distópico ya no está en el futuro. La diferencia entre Europa y México no está tanto en el calor como en la seriedad con la que se registra y en la rapidez con la que esos registros se convierten en decisiones. Sigo pensando en aquel bosque a las afueras de Bruselas, en lo que puede enseñarnos sobre cómo queremos vivir y sobre el lugar que damos a la adaptación cuando decidimos dónde poner el capital.
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