Siempre hemos considerado el calor como una incomodidad propia de ciertas regiones y temporadas. Aprendimos a modificar horarios, buscar sombra y utilizar ventiladores o aire acondicionado. Sin embargo, las temperaturas extremas están convirtiendo esa incomodidad en un problema económico y sanitario de dimensiones cada vez mayores. En Europa, el verano reciente dejó cifras alarmantes de mortalidad y pérdidas económicas. Pero no necesitamos mirar tan lejos para comprender el problema. México y América Latina enfrentan una amenaza que afecta simultáneamente la salud, la productividad y la capacidad de desarrollo. El informe 2025 de The Lancet Countdown Latinoamérica estima que, durante 2024, la reducción de la capacidad laboral asociada al calor representó pérdidas potenciales de ingresos por 52,000 millones de dólares en la región, equivalentes al 0.81por ciento de su Producto Interno Bruto. En México, la estimación alcanzó 9,930 millones de dólares, aproximadamente el 0.5 por ciento del PIB. Los sectores más afectados fueron la agricultura y la construcción, precisamente actividades donde buena parte del trabajo se realiza bajo el sol. Estas cifras revelan una dimensión poco visible del cambio climático. Cuando aumenta la temperatura, el cuerpo humano necesita dedicar más energía a regularse. El esfuerzo físico se vuelve más difícil, disminuye la capacidad de trabajo y aumenta el riesgo de deshidratación, agotamiento y golpes de calor. No se trata únicamente de producir menos. En condiciones extremas, continuar trabajando puede poner en peligro la vida, literalmente. La Secretaría de Salud registró en México 426 defunciones asociadas a temperaturas naturales extremas durante la temporada de calor de 2023 y 332 en 2024. Son cifras de vigilancia epidemiológica que no necesariamente capturan todas las muertes atribuibles al calor, particularmente aquellas relacionadas con el agravamiento de enfermedades cardiovasculares o respiratorias. Además, el impacto económico se extiende mucho más allá de los trabajadores expuestos directamente. Las altas temperaturas incrementan la demanda eléctrica por climatización, presionan las redes de distribución y elevan los costos operativos de hogares, comercios e industrias. También afectan los rendimientos agrícolas, aumentan las necesidades de agua y pueden deteriorar infraestructura diseñada para condiciones climáticas menos exigentes. En las ciudades, la escasez de vegetación y la acumulación de calor en pavimentos y edificios intensifican el problema. Las familias con menores ingresos suelen enfrentar mayores dificultades para protegerse, porque disponer de espacios adecuadamente climatizados también cuesta dinero. Frente a este escenario, adaptarnos requiere decisiones concretas, como mejorar el diseño térmico de edificios, ampliar la infraestructura verde, modificar horarios laborales cuando sea necesario, proteger a quienes trabajan al aire libre y fortalecer los sistemas de alerta temprana. También necesitamos electricidad suficiente, confiable y cada vez más limpia para atender una demanda creciente de enfriamiento sin agravar las causas del calentamiento global. La transición energética, la planeación urbana y la salud pública deben entenderse como partes de una misma estrategia. El calor extremo ya no puede tratarse como una simple característica del clima. Es un factor que condiciona dónde podemos trabajar, cuánto podemos producir y qué calidad de vida podemos ofrecer. Cuando sube la temperatura, la factura no llega solamente en el recibo de electricidad, también se paga con productividad, bienestar y vidas humanas.
Siempre hemos considerado el calor como una incomodidad propia de ciertas regiones y temporadas. Aprendimos a modificar





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