Hay algo revelador en la coincidencia de esta semana. Mientras en Enade el Presidente Kast llamaba a recuperar la inversión y a dar vuelta el pesimismo, un día después conocimos una tasa de desempleo de 9,8%, con más de un millón de personas buscando trabajo. Dos imágenes de un mismo país que no necesariamente se contradicen, pero que parecen hablar idiomas distintos. La recuperación de la inversión es indispensable. Sin ella difícilmente habrá crecimiento sostenido ni capacidad de generar empleo. Sin embargo, ¿cuánto tiempo puede sostenerse un discurso de recuperación cuando la experiencia cotidiana de las personas sigue ofreciendo señales en sentido contrario? Durante décadas, el crecimiento fue algo más que una cifra. Representaba una expectativa relativamente compartida de progreso. La convicción de que, si al país le iba bien, eventualmente también les iría mejor a las familias. Esa relación nunca fue automática ni estuvo exenta de desigualdades, pero tenía una fuerza política que hoy se ha debilitado. Una entrevista reciente a Sabina Alkire, investigadora de Oxford y referente internacional en pobreza multidimensional, introduce un antecedente que debiera incomodar ciertas certezas del debate económico. Según explica, en los países estudiados no encontraron una correlación significativa entre crecimiento económico y reducción de la pobreza multidimensional. Esto no significa que crecer sea irrelevante, sino que sus beneficios sociales no están garantizados de antemano. Entre el crecimiento de una economía y la mejora de las condiciones de vida intervienen decisiones públicas, capacidades institucionales y oportunidades que no se distribuyen por sí solas. A ello se suma el estado de ánimo del país. La confianza no depende únicamente de los indicadores económicos. También se construye a partir de la percepción de estabilidad, la consistencia de las decisiones y la capacidad del sistema político para ofrecer algún horizonte reconocible. El ruido político no solo puede deteriorar la confianza en quienes gobiernan, sino también contaminar la interpretación de lo que ocurre fuera de la política. En un ambiente de confrontación permanente, incluso las buenas noticias económicas pueden recibirse con escepticismo. La incertidumbre deja de asociarse a una controversia particular y comienza a percibirse como una característica del país. Reducir el desafío económico a restablecer la confianza de los inversionistas resulta insuficiente. Existe también una confianza ciudadana que no responde a los mismos estímulos ni se recupera necesariamente al mismo ritmo. Y esa confianza también mueve la economía: influye en las decisiones de consumo, ahorro y endeudamiento de las familias, así como en su disposición a emprender y proyectar nuevas oportunidades. Los gobiernos necesitan anticipar resultados para movilizar expectativas, pero cuando el futuro se utiliza reiteradamente para explicar las dificultades del presente, esa promesa comienza a desgastarse. Las empresas tampoco pueden suponer que anunciar inversiones equivale automáticamente a generar confianza social. No porque la ciudadanía desconozca su importancia, sino porque ha aprendido a distinguir entre el progreso de los indicadores y las oportunidades que efectivamente llegan a su vida. Quizás uno de los cambios más relevantes de Chile sea precisamente que el crecimiento dejó de ser una promesa que se cree por anticipado y pasó a ser una experiencia que necesita demostrarse. Durante mucho tiempo dimos por sentado que el progreso del país terminaría siendo también el progreso de las personas. Hoy esa expectativa parece menos evidente. Y quizás el error sea seguir interpretando esa desconfianza como un problema de pesimismo, cuando también puede ser el resultado de una promesa que demasiadas veces no encontró correspondencia en la experiencia cotidiana. No basta con preguntarse cuándo volverá a crecer Chile. También habría que preguntarse por qué volver a crecer ya no parece suficiente para que los chilenos crean que les irá mejor. Por Natalia Piergentili , directora de asuntos públicos, Feedback.
Durante décadas, el crecimiento fue algo más que una cifra. Representaba una expectativa relativamente compartida de pro





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